Por Abraham Rahman - Técnico de básquetbol especializado en formativa
En relación al muy buen artículo sobre el título de diario el día 19/04, quiero comentar las expresiones de los distintos referentes deportivos y agregar las mías: 1) Candelaria Villanueva dice: “Todo pasa por la aprobación de los padres”. 2) Carlos Reinoso expresa: “Las altas expectativas de los padres perjudican a los chicos, al equipo y al trabajo del entrenador”. 3) Martín Correa enfatiza: “Hay presión por el rendimiento y el futuro, por lo cual hay padres que quieren ‘salvarse’ con su hijo y hay otros que quieren que su hijo juegue aún sin tener condiciones” (esto último me parece totalmente aceptable y normal). Por otra parte los padres exitistas exigen que sean campeones; si no, no sirve (¿?). 4) Maximiliano Pfister comenta: “La presión de los padres siempre existió, pero ahora más que nunca”. 5) Agustina Ruiz dice: “Se les habla a los padres para que no presionen y dejen disfrutar a los chicos”. 6) Manuel Calderón propone una postura estricta: “Desde el principio marcamos cómo deben comportarse los padres. No se les permite gritar ni intervenir”. 7) Ramón Vidal introduce un matiz importante: “La presión por ganar o por cumplir expectativas no sirve a esta edad. A los ocho años el objetivo es que el chico se divierta”. Además, dicen, “el padre es un mero acompañante del proceso” (Pister).
La clave, coinciden todos, está en la comunicación. En generar espacios donde los entrenadores puedan explicar su trabajo y los padres, entenderlo. Hay que hacer charlas para aclarar que los chicos aprenden a jugar , no a ganar. Y no hay que perder de vista el foco: el deporte infantil no es una competencia de adultos, y los chicos no juegan por contratos ni por resultados, sino por el simple hecho de jugar. Y necesitan un entorno que los cuide.
En las diversas expresiones detalladas están los principios importantes, dentro de otros más, al tener en cuenta para llevar adelante una tarea de formación de divisiones inferiores de los distintos deportes grupales: básquet, rugby, fútbol, voley, etc. Hay que fijar la atención en esa palabra: formativas. O sea, se está formando a los jugadores, lo cual implica educarlos también en todo sentido, para que terminen principalmente siendo buenas personas y luego buenos jugadores (si es que tienen condiciones).
Pero esta tarea requiere de “formadores “, o sea que tienen que ser educadores por sobre todas las cosas. El problema es que la mayoría de los entrenadores no son educadores. Es tarea de la comisión directiva elegir educadores para que siendo también técnicos puedan realizar esa tarea de educar y enseñar un deporte. Es un error grave poner en esa tarea a alguien que se destacó en su deporte, y que en realidad carece de vocación de educadora.
O sea que el entrenador educará primero a los padres, a través de un diálogo abierto y fecundo, haciendo resaltar que su tarea es complementaria de la educación impartida por los padres. Es un “ida y vuelta”. Y el fin es común a ambos: la educación del niño, a través del juego gozoso y no competitivo, que no lleve como fin el ganar a cualquier precio.
Hasta los 12 años se debe educar y jugar libremente; después viene la competencia. Esto es originario de debates en algunos entrenadores.
Y acá viene un tema importantísimo: el entrenador debe educarse a sí mismo para poder hacerlo con sus dirigidos. Porque se enseña con el ejemplo, y los dirigidos tienen todo el tiempo la vista en su entrenador.
Por último, los directivos también deben comulgar con esta idea; o sea es una tarea conjunto entre directivo, entrenadores y padres. Y así se podrá decir que se cumplió con los objetivos de las divisiones formativas de un club o institución. Esto se verá con el tiempo, cuando esos niños en el futuro digan: “lo que me enseñó mi entrenador me sirvió para toda la vida”.